Durante veinte años trabajé como química en la investigación básica farmacéutica. Dado que un producto químico sin un bioensayo no existe, siempre requerí de colaboradores biólogos, tanto dentro de mis empresas como en la comunidad académica. La experiencia más positiva de colaboración académica involucró un proyecto que duró 10 años y colaboraciones con 9 universidades.
En la década de los ´90s, nuestro equipo descubrió una nueva clase de productos químicos que tenían potencial aplicación en un área terapéutica nueva para mi empresa. Con el fin de fomentar el apoyo empresarial para seguir esta línea de investigación, primero organizamos un simposio interno con académicos expertos de cinco universidades para ayudar a persuadir a los directivos de la empresa de la necesidad médica no cubierta. Una vez que obtuvimos el acuerdo para gestionar la continuación del proyecto, nuestra necesidad de asociaciones académicas continuó porque estábamos explorando un área desconocida de descubrimiento de fármacos.
El equipo del proyecto trabajó en estrecha colaboración con los profesores de cuatro universidades diferentes para el diseño, creación e interpretación de los ensayos in vitro e in vivo de la actividad, la permeabilidad intestinal y la farmacocinética, la delimitación de las toxicidades potenciales y, finalmente, el diseño de ensayos clínicos.
El fármaco propuesto en ese proyecto no cumplía los criterios de valoración clínicos y el desarrollo se dio por terminado. Sin embargo, las relaciones con nuestros colegas académicos continuaron más allá de la vida del proyecto, en parte debido a que las colaboraciones fueron más “intercambios” de tecnología que “transferencias” de tecnología. Tuvimos el lujo de construir relaciones personales primero y seguir relaciones comerciales sólo con aquellos colaboradores que compartieron una visión común para el proyecto. No entendía la importancia de esto hasta que trabajé en la oficina de Desarrollo de Negocios y vi que algunas negociaciones universidad-industria no se lograban debido principalmente a problemas con una o más de las actividades críticas de asociación que enlisto a continuación:
- Construir la relación: Iniciamos relaciones con varios científicos de las universidades a través de conversaciones en reuniones científicas. Buscamos “seminarios-intercambio” (científicos del sector empresarial dando seminarios en las universidades y científicos académicos dando seminarios en nuestra empresa). Esto permitió a los científicos académicos y a los de la industria conocer equipos de investigación más allá del equipo líder del proyecto en la empresa o colaboradores académicos primarios.
- Alinear los objetivos científicos y profesionales: Una vez que ambas partes convenimos en los intereses científicos comunes aclaramos metas y objetivos, acordamos los respectivos ámbitos de confidencialidad y nos esforzamos por asegurar que la relación fuera un intercambio de dos vías, con beneficio mutuo. Aunque gran parte de la investigación activa era confidencial, nuestros acuerdos tuvieron el cuidado de identificar las áreas de investigación independientes para nuestros socios académicos. Por lo tanto, la empresa adquiriría los conocimientos necesarios, y nuestros socios académicos pudieron continuar su desarrollo profesional.
- Comunicar a menudo: Tanto nosotros como nuestros colaboradores mantuvimos una comunicación activa, formal e informal, para que todos pudiéramos estar al tanto de nuevas oportunidades o dificultades potenciales, tempranamente. Por lo tanto, fuimos capaces de cambiar a nuevas líneas de investigación o dar dirección adecuada a las complicaciones, rápidamente. La comunicación crea confianza y fomenta el interés en el trabajo.
- Manejar eficientemente el proceso de contratación: En la mayoría de los casos, nuestra empresa sólo tenía que trabajar con una sola oficina en la universidad. Tanto nosotros como las oficinas encargadas de los acuerdos de investigación en la universidad contábamos con acuerdos generales para las distintas relaciones (la consultoría, la investigación por contrato, una beca de investigación) que podían adaptarse con facilidad una vez que ambas partes habían convenido en colaborar. Las oficinas de la universidad contaban con empleados calificados que entendían el proceso y trabajaban en estrecha colaboración con sus socios académicos y los de nuestra empresa para asegurar acuerdos claros, justos y oportunos.
- Establecer directrices claras contractuales de la cesión y gestión de la propiedad intelectual: Nuestros acuerdos definían claramente cómo serían administrados y asignados los nuevos productos susceptibles de propiedad intelectual. Esta es el área más difícil de manejar y requiere de capacitación del personal en cuanto a la gestión de documentos de investigación (por ejemplo de las bitácoras de laboratorio) para minimizar los conflictos.
La industria farmacéutica siempre ha colaborado estrechamente con las instituciones académicas, sobre todo en el patrocinio de los ensayos clínicos necesarios para el registro de medicamentos. Las compañías farmacéuticas persiguen activamente las relaciones a largo plazo con instituciones académicas de diversas maneras, incluyendo consultorías, contratos de investigación y los acuerdos de transferencia de materiales. Otras actividades de vinculación incluyen viajes anuales de reclutamiento, programas competitivos de financiamiento orientados a tecnologías o áreas terapéuticas específicas, y patrocinio de los puestos postdoctorales. Además, las empresas también crean acuerdos generales con diversas universidades para proporcionar financiamiento sin especificar el ámbito de la investigación con el fin de estar en la “última frontera” de los nuevos descubrimientos terapéuticos.
En mi opinión, los aspectos claves que promueven o favorecen las interacciones de la industria con el mundo académico son: construir relaciones con científicos de calidad, explorar áreas científico-técnicas únicas para el ámbito académico y, quizá lo más importante, identificar estudiantes talentosos que pudieran convertirse en investigadores empleados por la empresa. El éxito de estas interacciones depende de mantener las relaciones personales y profesionales construidas sobre el interés científico común, la ciencia de calidad, la comunicación clara y abierta, el respeto mutuo y la confianza.
Cada colaboración entre la industria y los científicos académico tiene el potencial para crecer y expandir en una relación a largo plazo más duradera, y creo que es, a través de estas relaciones más sostenidas que la industria y la academia, la mejor manera de beneficiarse mutuamente y la sociedad.
* Elizabeth E. Sugg, Doctora en Química y Maestra en Administración de negocios
Colaboradora de la Dirección de Vinculación y Planeación IPICYT